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REGALO. No es más que dejar que el cuerpo dirija la mente (2m52s)

 

Estoy (casi) segura de que te voy a hablar de Amy Cuddy en algún que otro momento y de su libro “El poder de la presencia”.

Según Cuddy, “La presencia viene de creer y confiar en ti, en tus sentimientos auténticos y sinceros, en tus valores y tus aptitudes”.

Dime, sinceramente, si -a nivel general- no vamos un poco regu en todo esto.

Todo esto = creer y confiar en ti.

O sea, si operamos a nivel mente-mente, quizá podemos hacer una lista de bondades y logros e intentar taladrarnos la cabeza con ello.

Pero a nivel corporal y emocional… el cuerpo nos dice que de qué estamos hablando.

Por eso, las afirmaciones positivas y la autoayuda, en general, funcionan tan poco.

Son ideas lógicas y coherentes, sí.
Y estamos deseando creérnoslas. 

Pero luego nos encontramos con nuestro cuerpo y nuestras emociones negándolas.

Sentimos que esa (auto)afirmación no se basa en la verdad.
Y no nos la creemos.

Nuestra mente quiere, nuestro cuerpo no.

 

¿Sabes qué tipo de rasgos tienen las personas que viven como prefieren vivir?

  • confianza
  • desenvoltura
  • entusiasmo apasionado

 

Cuadra bastante con el “creer y confiar en uno mismo”, ¿no crees?.

Nos encanta la gente que posee estas cualidades porque son difíciles de fingir.

No imposible, pero sí complicado.

Dice María Popova que “Nuestra forma principal de no estar presentes es abandonando el cuerpo y recluyéndonos en la mente: esa caldera hirviente de pensamientos calculadores y autoevaluadores, predicciones, ansiedad, juicios y de incesantes metaexperiencias sobre la propia experiencia”.

 

Vaya, vaya, vaya… otra vez poniendo el foco en el cuerpo.

 

Como solemos concebir la vida de forma lineal, una puede pensar que la presencia es fija.

Que una vez que eres “bendecida con esta gracia”, es para siempre.

Pues no.

Como (casi) todo en la vida, va y viene.

La presencia también.

Ale, ya he quitado la tirita de un tirón.

Lo que sí proporciona vivir de forma más presente en esta jungla caótica e hiperestimulada del primer mundo, es ser conscientes de nuestras sensaciones físicas, emociones y sentimientos, historias mentales… 

Y si a eso le sumamos la capacidad para expresarlos sintiéndonos a gusto, ¡bingo!

Ya tienes la experiencia de la presencia al completo.

¿Qué necesitamos para que ocurra lo de arriba?

Creer y confiar en nosotras mismas (otra vez).

Y no huir de nuestro cuerpo y de todas las señales que nos manda.

La presencia nos lleva a no luchar con nosotras mismas (algo que solemos hacer muy a menudo cuando la autoestima y la confianza están en niveles bajos).

Y, ¿qué pasa cuando no luchamos contra nosotras mismas? 

Nos permitimos ser nosotras mismas.

No me digas que no suena precioso.

Necesitamos sentir esa conexión con nosotras mismas. 

Y, para que esto ocurra, necesitamos cierto silencio.

Conexión de ti contigo misma, de mí conmigo misma, no de ti con el mundo externo ni de mí con el mundo externo.

Necesitamos silencio para no estar pendientes de ser validadas de forma externa.

Para no poner toda nuestra energía en ver qué impresión vamos a dar.

Cuando actuamos desde ahí, no nos comportamos de forma genuina, nos encogemos.

Y encogernos es lo que menos queremos, porque si el cerebro lee nuestra postura corporal constantemente, ¿no preferimos decirle que somos grandes, abiertas y poderosas?

Las posturas de encogimiento entorpecen el acceso a nuestros recursos.

Nos hacen vivir a la defensiva, con necesidad de protegernos, en lucha o huída.

 

Querida, respira lenta y profundamente por la nariz.

Esto lo vamos a empezar a andar en otro contenido extra.

PD. Como dice Julianne Moore “Si te proteges para que algo no te duela o para no sentirte humillado, no puedes estar presente, porque te proteges demasiado”.
PD2. “Revelarte tal como eres hace que los demás se sientan libres de revelarse tal como son”.

 

Abracitos dinosáuricos 🦖

 

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